Paseando por el mundo: La magia del Sardinero (Santander)
La magia del Sardinero (Santander)
Nunca me canso de decir que soy una privilegiada por vivir en un entorno maravilloso, rodeada de mar y de naturaleza, en el que el sonido de los pájaros y del silencio aún es posible. Salir de casa y pasear por parajes urbanos llenos de encanto, en los que el azul y el verde se fusionan, es un sueño, que no se paga con todo el dinero del mundo.
En este invierno tan extraño, en el que las temperaturas son más propias de una primavera avanzada o de un primerizo verano, el último domingo amaneció tan luminoso y azul que el día nos invitaba a salir para disfrutar del buen tiempo.
Con la compañía inmejorable de Moka, la caniche más simpática y tierna del mundo, salí a pasear y a disfrutar de todo lo que el entorno me ofrecía. Resulta, cuando menos, asombroso que una perrita de poco más de tres kilos sea capaz de caminar kilómetros sin el menor atisbo de cansancio.
A pesar de ser media mañana, las playas del Sardinero, las terrazas, los paseos y los parques aledaños rebosaban de felices caminantes, que, como yo, gozaban de esta extraña bondad climatológica. Éramos tantos los que habíamos decidido pasear en este entorno que no había libre ni una sola plaza de aparcamiento. Nuestro paseo fue largo porque nos acercamos hasta el centro de la ciudad y regresamos a casa por otra ruta, pero En zapatillas o en zapatos nos centraremos únicamente en el Sardinero.
El Sardinero da nombre a un barrio y a dos playas de la ciudad de Santander, delimitado, en cierto modo, por la Península de la Magdalena y Mataleñas. La moda del veraneo de finales del siglo XIX y de principios del XX dio notoriedad a la zona al atraer hasta aquí a la burguesía madrileña y castellana. Además, el rey Alfonso XII eligió la ciudad para su descanso, con lo cual la fama de la ciudad como destino vacacional se incrementó. Fue el momento de levantar grandes hoteles para albergar a estos primerizos y adinerados veraneantes.
Estas dos playas no son las únicas de Santander. Por el contrario, la ciudad puede presumir, y de hecho presume, de sus bellas y numerosas playas. Algunas de ellas son El Camello, Bikini, La Magdalena, Los Peligros, Mataleñas, La Maruca, Los Molinucos, Rosamunda y La Virgen del Mar.
Se dice que la Primera Playa del Sardinero, la más cercana al centro urbano, era la que utilizaban las clases más pudientes y dónde se organizaron los primeros Baños de olas con finalidades terapéuticas. A la Segunda Playa, que está separada de la Primera por los Jardines de Piquío, acudían las clases más populares y con menor poder adquisitivo. A pesar de ser dos playas, con la marea baja, se comunican.
Las playas, que cuentan con abundantes servicios, son amplias, de arenas finas y con un Mar Cantábrico cristalino que sabe embravecerse, pero que este domingo era lo más parecido a una piscina de aguas mansas, limpias y transparentes.
Precisamente, lo único que faltaba en el paisaje habitual de la zona eran los surfistas, debido a la calma del mar. Para compensar esta ausencia, familias enteras con niños, dueños y mascotas, turistas, deportistas, y caminantes invadíamos los arenales, los paseos, los restaurantes, las cafeterías y el carril bici. Todos nos deleitábamos y admirábamos este entorno tan mágico y hermoso que no parecía real. ¿Acaso era un trocito del paraíso?

















