Paseando por el mundo: Recuerdos, emociones y sentimientos vividos en la casa del pueblo
Ya
he comentado varias veces En zapatillas o en zapatos que he
sido siempre mujer de ciudad y que he descubierto el pueblo tardíamente. Los insectos
y los roedores han sido, y son, mis enemigos y su presencia me perturba. A estos
pequeños enemigos, tengo que añadir el olor a estiércol que me resulta muy
desagradable, con lo cual, algunos días pasear por el pueblo es para mí difícil.
Por
suerte, el miedo a perros, gatos y gallinas lo tengo superado. Por otra parte, las vacas y los
caballos me encantan. Con lo cual, estoy en el mejor lugar para contemplarlos y, sobre todo, escucharlos. Además, me gustan las plantas, los árboles, el verde paisaje y me
relaja la tranquilidad y la serenidad del lugar.
Si
ponemos en una balanza lo que me agrada y lo que me disgusta o desagrada, los que me conocen observarán, con gran sorpresa y asombro, que los beneficios y las alegrías que me ofrece el pueblo ganan holgadamente a las incomodidades o a la falta de actividades y de expectativas urbanas.
Pero
nada de esto sucedería si no fuera porque en este pequeño pueblo de San
Pantaleón de Aras, en Cantabria, donde están las raíces de mi marido y compañero de
fatigas desde hace muchos años, de mis dos hijas, de mis cuñados y de sus hijas, y donde me acogieron hace ya más de treinta años, tenemos muchos recuerdos y vivencias en la vieja casa familiar.
Cuando
la abuela Lola murió en el año 2013, decidimos que la vetusta y centenaria
casa, que fue el hogar de los abuelos y de la tía y que amaron con locura, situada al lado de las tierras que les dieron de comer y les permitieron sacar adelante a sus hijos, merecía una segunda oportunidad, en homenaje, agradecimiento y recuerdo de los que aquí vivieron y tanto
quisimos: Amadeo, Feli y Lola. Hubo muchos más antes pero, desgraciadamente, yo ya
nos los conocí.
Y
gracias al amor que tanto nos dieron y que tanto entregaron a la casa de sus
padres y de los padres de sus padres, no dudamos en reformar la casa para
adaptarla a nuestras necesidades y dotarla de las mismas comodidades que tenemos en la vivienda de la ciudad.
Lo
sorprendente no es que la reforma haya transformado interiormente la casa
completamente, sino que a nuestros ojos sigue siendo la misma y la presencia de
ellos permanece con la misma fuerza en ella. Hasta el punto de que aún denominamos las piezas de la
vivienda como lo hacían ellos: la cuadra, el payo, la sala, el comedor, la
habitación de Feli, la habitación de la abuela, el balcón, la huerta, el
cuartuco, el portal, la corralada, etc.
Por
ello y porque es de bien nacidos ser agradecidos, la Casa de Aras sigue siendo
la casa de los abuelos y de Feli. Para mostrarles nuestra gratitud, sus hijos y sus nietas queremos, al menos por un día, volver a verla como ellos la vieron la última vez, mientras respiramos, como hacemos diariamente, su cariño y su recuerdo.






















