Decoración: La primera casa (II)
La primera casa (II)
Después de semanas de polvo, de suciedad, de pintura, de escombros y de vivir por y para la reforma, ésta empieza a ser un monstruo que devora y que parece no saciarse nunca. A pesar de las infinitas horas dedicadas a mejorar el aspecto de la vivienda, el avance no se aprecia en ninguna habitación y el desánimo hace mella en los nuevos propietarios.
Atrás quedaron las semanas previstas para acabar la reforma de la vivienda y las prórrogas primera, segunda y tercera que se dieron para terminar dicha faena. No hubo más remedio que renovar el contrato de arrendamiento de la casa de alquiler, porque ninguna de las fechas calculadas para finalizar se ha podido cumplir, ante el esfuerzo tan descomunal que el lavado de cara de la casa ha demandado.
De nada sirve animar diariamente a los propietarios señalándoles los avances y felicitándolos por la obra tan bien hecha porque, a estas alturas, sus ojos y sus oídos no son capaces de apreciar la realidad ni de reconocer las mejoras conseguidas. La ropa de trabajo, llena de polvo, de escayola y de pintura es el único atuendo que llevan desde hace más de un mes, siempre que están fuera del trabajo. Las tentaciones propias del verano, como la playa y las fiestas de la localidad, no existen en estos momentos para la pareja, que solamente ansía acabar de una vez con la obra, para volver a la rutina y poder disfrutar de tiempo libre.
Gracias a la buena disposición de los jóvenes y a los completos tutoriales, las labores de fontanería, albañilería, pintura, restauración y carpintería se han ido acabando poco a poco, por el principio de acierto y error. De esta forma, las ventanas metálicas han renacido, lo mismo que las paredes, que han dejado de ser muros estridentes para convertirse en superficies perfectamente lisas, que superan con nota alta cualquier exigente inspección.
Los techos y los suelos han tenido un nuevo renacer, que los han hecho hermosos a costa de tragar litros de pintura. A estas alturas ya han perdido los propietarios la cuenta de los botes que se han consumido y, lo que es peor, de los que aún van a necesitar. Tapar un rojo chillón de una pared no es tarea fácil, como tampoco lo es quitar las manillas de las puertas, cambiar el viejo inodoro por uno nuevo, o colocar el suelo de la cocina o del baño.
Los observadores habituales, meros visitantes, que en ningún momento se pusieron manos a la obra, advierten de las mejoras. A pesar de los obstáculos que se encuentran en todas las piezas de la vivienda, porque ya no es posible mantener los utensilios de trabajo en orden, los avances se aprecian. Todo sigue adelante pero quedando, a su pesar, siempre algo atrás, sin poder aún rematar habitación alguna. Las puertas están a punto de cambiar de fisonomía y los rodapies se colocarán de un momento a otro.
Afortunadamente, aunque ellos no lo sepan ni lo crean, esta obra va a acabarse muy pronto, y quedará tan bien que olvidarán todas las penalidades pasadas. A partir de ese momento, ya solamente restará limpiar, y empezar la actividad más estimulante y divertida que es amueblar.












