Decoración: Mi sillón orejero
Mi sillón orejero
Siempre me han encantado los sillones orejeros. Los he asociado a tranquilidad, comodidad y libros, mi gran pasión.
Cuando mis hermanos y yo hacíamos casitas de muñecas con cajas de cartón, antes
de tener la fortuna de recibir una de madera, les mandaba fabricar sillones para sentar a mis diminutos muñecos. Y
siempre me los imaginaba orejeros. Por ese motivo, acabábamos enfadados porque,
por mucho entusiasmo y habilidad que ponían, lo que me ofrecían nada tenía que
ver con lo que yo quería.
En la casa de mis padres, había un
orejero de piel pero en el que, solo en contadas ocasiones, teníamos los niños la oportunidad
de sentarnos. Era, a todos los efectos, el trono de mi madre. En la
medida en que crecimos, varios sillones irrumpieron en la casa
familiar pero ninguno de ellos era orejero.
A pesar de las inmensas ganas que tenía de poseer un orejero, por razones diversas, no
fue hasta hace pocos años cuando conseguí ser la propietaria de un llamativo y vistoso orejero rojo, de una popular marca
sueca. Esta vez, el sillón venía acompañado de un reposapies, tan estupendo
como el propio asiento.
Su
sola presencia llena la estancia donde está. Y no cabe duda de que es aún más
cómodo que bonito. Para justificar a mi familia la titularidad de tan preciado
acomodo, les digo que es cuestión de salud el que yo lo ocupe. Y la razón que
esgrimo es que, debido a mi facilidad para dormirme en cualquier sitio, a
cualquier hora del día, el orejero (evito decir mi orejero, por más que como
tal lo siento), me resulta primordial para no tener contracciones musculares en
el cuello. Por lo tanto, es mi tratamiento preventivo.
Mi orejero rojo está en el sitio perfecto. Rodeado de mis libros,
del comodísimo sofá, donde mis hijas y yo nos tumbamos para, supuestamente, ver
la televisión, pero en el que nos dormimos antes de llegar a encender el
aparato; de la mesa imprescindible para depositar la taza y los libros; de la lámpara
de pie, que ajusto según las necesidades del momento; de las mantas que me abrigan
cuando lo necesito; del escritorio de mi marido, del que no se aleja nunca; y de mi querida osita Clara, creación de mi hermana, que me
contempla muda, sentada en la alfombra.
Lo
único cierto es que mi verdadera rival por el control del orejero es Moka, nuestra
mascota y reina de la casa, que sabe perfectamente que las cosas importantes de
la casa suceden allí y que el orejero es infinitamente más cómodo y atractivo que su cama.





