Nuestras mascotas: Mis amigos mininos

Mis amigos mininos

Como ya he comentado En zapatillas o en zapatos en varias ocasiones, hasta la irrupción de Moka en nuestras vidas, tenía miedo a los perros, sin importarme su tamaño. Lo mismo me ocurría con los gatos, pero con la gran diferencia de que, sin motivo o razón lógica, sentía una sensación desagradable ante su presencia y una animadversión incontrolada.


Desde niña me he interesado por los perros, y por ese motivo he leído mucho sobre ellos. Por el contrario, he mostrado total indiferencia y desinterés por los gatos. Hasta el punto, de desconocer lo más elemental de su personalidad hasta hace poco tiempo.


Sin embargo, está situación dio un gran giro cuando llegaron mis cariñosos vecinos mininos. Hace aproximadamente un año, una pareja de hermanos vinieron como inquilinos a la casa de al lado, para compartir vida con una vieja gata, que acababa de perder a su compañera de muchos años.


Desde sus primeras salidas, bajo la atenta mirada de la gata vieja que los adoptó, se hicieron dueños de la corralada (patio de entrada) y de los prados de nuestra casa. Sus primeros pasos, sus primeros saltos, sus primeros juegos, sus primeras cacerías nos las ofrecieron en primera fila. Encantados con esas dos bolas de algodón, nos pasamos mucho tiempo sentados en el balcón, contemplando sus avances.



A través de las peripecias de estos dos peluches de carne y hueso, me fui enamorando de ellos sin esfuerzo, olvidándome de mis miedos y prejuicios anteriores. Moka también se acostumbró a su aún distante presencia: ellos abajo y nosotros arriba.



Esta relación de mera observación cambió drásticamente el día en que los gatos fueron lo suficiente mayores, curiosos y hábiles para subir al balcón. Para superar esta prueba fue necesario saltar del suelo al muro, y desde éste, atravesar los barrotes, esquivando la red puesta en la barandilla para evitar que nuestra perrita se colara entre ellos. Desde ese primer logro, el balcón pasó a ser su sitio favorito, su reino.


Inteligentemente descubrieron pronto que los bancos eran cómodos, pero aún más las sillas de mimbre, que tienen los respaldos también protegidos con cojines. Subir hasta el balcón requiere destreza, agilidad y riesgo, pero para estos mininos este soleado rincón compensa cualquier esfuerzo. Para facilitarles la subida, optamos por retirar la red en el extremo y apartar los grandes tiestos que adornaban este rincón.


Compartiendo este espacio, ellos y nosotros nos hemos hecho buenos amigos. Nos piden mimos cuando quieren y nos ignoran cuándo desean tranquilidad. Además, mis dos queridos mininos son lo suficiente buenos, magnánimos y desinteresados para permitirnos compartir con ellos la corralada, los prados y el balcón. ¿Habrá generosidad mayor?



Os prometemos en próximas entradas seguir hablando de esta singular pareja de gatos, que ya ocupan un gran hueco en nuestras vidas.

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