Aficiones y pasatiempos: Figuritas
Coleccionar no es sinónimo de cantidad, sino de calidad y especialidad. Se puede tener una bonita colección, de gran valor
económico o sentimental, con un número
reducido de componentes y sin ocupar apenas espacio. Lo importante es que la colección y los objetos que custodia nos satisfagan y cumplan el papel
asignado. No es lo mismo coleccionar para uno que coleccionar para invertir, o para que otros
admiren nuestra colección.
La afición por reunir objetos, clasificarlos y custodiarlos es tan antigua como el ser humano. Coleccionamos por intereses personales, por cuestiones estéticas, por motivaciones culturales o, simplemente, por nostalgia o gratitud. El mundo de las colecciones tiene valores personales y sentimentales, pero también importantes valores económicos. De hecho, en las épocas de crisis, el coleccionismo tiende a crecer porque suele ser el refugio de los inversores, ya que los objetos de colección se revalorizan rápidamente.
En zapatillas o en zapatos
os mostramos un ejemplo de colección pequeña y sin valor económico alguno, surgida por el cariño que la
propietaria le cogió a determinadas figuritas de reducido tamaño que, desde su
infancia aún cercana, fue atesorando. Un día decidió agruparlas y el resultado
es, cuando menos, sorprendente.
Los muñecos se encuentran
agrupados en una pequeña vitrina, regalo de un familiar, que permite
contemplarlos, sin que éstos cojan polvo o se deterioren. El contenedor parece
fabricado a medida para albergar estos minúsculos muñecos.
Muchas de las piezas de la
colección han llegado por casualidad a las manos de la propietaria, siguiendo caminos y avatares muy dispares. Así, tiene ejemplares provenientes de roscones de reyes, de regalos, o, simplemente, rescatados de un final
incierto.
La propia disparidad de las figuritas, que no permite poner un nombre genérico más concreto, es su mayor valor. Todos ellas esconden una
historia que las hace únicas y especiales para su propietaria, que afirma que no
hay ni dinero ni argumentos suficientes para convencerla de deshacerse de
ellas.
Una vez más, constatamos que la
entrega y la satisfacción no se pueden medir por valores económicos; únicamente, los sentimientos y los sentidos pueden ponerles precio.








