Jardinería: Un paseo junto al río


Un paseo junto al río

Ayer por la tarde, después de días de lluvias incesantes en este extraño verano norteño que se nos va, y haciendo caso omiso de los enormes nubarrones grises que cubrían el cielo, nos atrevimos a salir a pasear, a sabiendas de que muchos de los caminos del pueblo estarían visiblemente encharcados.


La ubicación y el lugar no importan demasiado, pueden ser cualquier aldea o pueblo de la Cornisa Cantábrica, donde el verde, el azul y el gris tienden a fundirse, formando un todo indiscutible que parece no tener fin.


Nuestro objetivo era humilde, simplemente conseguir deambular media hora, logrando no volver calados a casa, entre otras cosas porque íbamos con nuestra mascota, y no nos apetecía nada que se mojara. Lo cierto es que llevábamos paraguas, pero habíamos desdeñado los chubasqueros, las gabardinas y los anoraks, por considerar que, sí en verano nos poníamos ya ropa de invierno, ¿qué no haríamos en diciembre, enero o febrero?.


Por imprudencia, salimos con zapatos de verano, así que, en el mismo momento en que pisamos involuntariamente el primer charco, perfectamente camuflado, notamos cómo nuestros dedos flotaban graciosamente. Por el contrario, a nosotros no nos hizo demasiada gracia  porque, precisamente, ese camino no está muy limpio, debido a las numerosas vacas que lo transitan. Seguimos adelante porque, a la vuelta, con un simple lavado de pies y de zapatos, solucionaríamos la contrariedad. 


Felices y dichosos porque creíamos que la lluvia tocaba a su fin, seguimos la marcha lenta y animadamente, pero sin abandonar el pueblo. De regreso, en la corralada de la casa, optamos por prolongar un poco más el paseo y acercarnos a ver cómo bajaba el cauce del río Clarín, que está justo al lado. Lo hicimos convencidos de que las nubes negras no tenían intención de atacar, a pesar de su color amenazante.


La decisión fue muy acertada porque la hermosura del lugar que contemplamos en ese momento es indescriptible. Una belleza salvaje, gracias al verde intenso de la vegetación y a un pequeño y embravecido río, cuyas rápidas aguas parecían golpearse unas contra las otras. La instantánea se complementaba con el centenario puente de piedra, adornado de vieja hiedra y con los enormes árboles (sauces, alisas, fresnos y laureles), que delimitaban y arropaban el rincón. Y, por si todo esto no resultara suficiente, la visión de la vieja casona, restaurada como hotel rural, acentuaba la imagen atractiva y seductora del lugar.


De repente, una fina lluvia comenzó a caer, como queriendo participar del mágico y encantador escenario que se alzaba delante de nosotros. Minutos después, la llovizna se convirtió en un fuerte aguacero que nos obligó a huir, sin despedirnos y sin mirar atrás.


La naturaleza en cualquier momento del año y circunstancia nos sorprende. Con calor o con frío, con sol o con lluvia, con chanclas o con botas, pasear por el campo es siempre un privilegio.

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