Decoración: La mecedora
La
mecedora
Algunos
de mis primeros recuerdos infantiles están ligados a la gran mecedora que una de mis tías tenía en su casa. Desde
mi imaginación infantil aquel asiento tenía vida propia y era más que un
mueble. Por eso, cuando con siete años, en mi casa entró una mecedora creí
tocar el cielo, a pesar de ser infinitamente más fea que la de mi tía y de carecer
del admirado adorno de caracol del balancín.
Desde
ese momento, ella y yo permanecemos juntas, a pesar de las palabras poco
agraciadas que le han dedicado familiares y amigos. Cuando me independicé, ella
se vino conmigo ya que hacía mucho tiempo que la tenían arrinconada, sin saber
qué hacer con ella.
Ha
cambiado de casa tantas veces como yo he cambiado, que no han sido pocas. Y dentro
de la casa, a excepción del baño, ha pasado por todas las estancias y en todas
ellas me ha hecho feliz. En su regazo he leído, he escuchado música, he dado
muchos biberones a mis hijas y también he llorado.
El
paso del tiempo la ha tratado muy bien ya que únicamente he tenido que
cambiarle la rejilla del asiento. Por ese motivo, son diferentes los colores del
respaldo y del asiento. Es un mueble completamente atemporal que sabe
mimetizarse con el entorno y la moda.
Desnuda
mi querida mecedora vale muy poco pero vestida simplemente con dos cojines
mejora considerablemente. Si, además, le ponemos un reposapiés delante y una
manta en uno de sus brazos, resulta el asiento más hogareño, cálido y amoroso
del mundo. Sospecho que seguirá muchos más años con nosotros.
Sin duda
alguna, es el mueble con el que más me identifico en mi hogar. ¿Cuál es el
tuyo?




